Julio 5, 2025 (HS Inteligence Report)
En los anales de la historia política latinoamericana, pocas figuras han tenido una influencia tan perdurable como la de Rómulo Betancourt, el estadista venezolano que transformó radicalmente el destino de su nación a mediados del siglo XX. Como fundador y arquitecto ideológico de Acción Democrática (AD), Betancourt presidió la transformación de Venezuela, de una dictadura militar a la democracia más estable de Latinoamérica, a la vez que supervisó el surgimiento del país como la nación más rica de Sudamérica. Su influencia trascendió las fronteras de Venezuela, estableciendo un modelo de gobernanza democrática y desarrollo basado en el petróleo que resonaría en toda la región durante décadas.
La historia de Betancourt y AD sirve tanto de inspiración como de advertencia para las democracias latinoamericanas contemporáneas. Demuestra que la consolidación democrática es posible incluso en circunstancias difíciles, pero también demuestra que la sostenibilidad requiere más que solo instituciones democráticas y riqueza en recursos naturales. La experiencia venezolana bajo AD destaca los desafíos actuales para construir un desarrollo inclusivo y sostenible en sociedades ricas en recursos y la importancia de mantener la vitalidad democrática a largo plazo.
Su primer despertar político se produjo durante sus años universitarios en la década de 1920, cuando presenció de primera mano las brutalidades de la dictadura de Juan Vicente Gómez.
Esta experiencia cristalizó su compromiso con los principios democráticos y la justicia social, temas que definirían toda su carrera política.
La filosofía política de Betancourt se forjó en el crisol del exilio y la resistencia clandestina. Durante sus años en el extranjero en la década de 1930, absorbió las ideologías socialistas democráticas que circulaban en Europa y Latinoamérica, sintetizándolas con su comprensión de la realidad venezolana.
Su visión era a la vez revolucionaria y pragmática: buscaba democratizar Venezuela y, al mismo tiempo, aprovechar su riqueza petrolera para el desarrollo nacional y el progreso social.
> El nacimiento de Acción Democratica
En 1941, Betancourt fundó Acción Democrática, un partido político que se convertiría en la fuerza dominante de la política venezolana durante las siguientes cinco décadas. AD representó un cambio radical respecto a la política venezolana tradicional, dominada por la lealtad personal a caudillos y caudillos regionales. En cambio, Betancourt creó una organización política moderna y de masas con una plataforma ideológica clara centrada en la democracia, la justicia social y el nacionalismo económico.
Los principios fundacionales del partido reflejaban la visión de Betancourt de una Venezuela transformada. AD abogaba por el sufragio universal, los derechos laborales, la reforma agraria y, sobre todo, la nacionalización de la industria petrolera venezolana. Esta plataforma tuvo una profunda repercusión en una población que durante mucho tiempo había estado excluida de la participación política y que había visto cómo empresas extranjeras extraían la riqueza de su país mientras ellos permanecían empobrecidos.
La primera oportunidad de Betancourt para implementar su visión llegó con la Revolución de Octubre de 1945, cuando AD, en alianza con jóvenes oficiales militares, derrocó al gobierno de Isaías Medina Angarita. Durante el período subsiguiente trienio (1945-1948), Betancourt sirvió como presidente provisional y posteriormente como el poder detrás del gobierno democráticamente elegido de Rómulo Gallegos.
Este período fue testigo del primer experimento venezolano con la democracia de masas. AD introdujo el sufragio universal, incluido el femenino, estableció protecciones laborales e inició el proceso de reafirmar un mayor control nacional sobre los recursos petroleros. El mensaje populista y la capacidad organizativa del partido le permitieron movilizar a sectores previamente marginados de la sociedad, creando una amplia coalición que incluía a trabajadores urbanos, campesinos y profesionales de clase media.
Sin embargo, este experimento democrático se vio truncado por un golpe militar en 1948, que dio inicio a una década de gobierno autoritario bajo el liderazgo de Marcos Pérez Jiménez. Betancourt y otros líderes de AD se vieron obligados a exiliarse, pero aprovecharon este período para perfeccionar su estrategia y prepararse para su eventual regreso al poder.
El derrocamiento de Pérez Jiménez en 1958 le brindó a Betancourt una segunda oportunidad para democratizar Venezuela. Aprendiendo de los fracasos de la trienio Adoptó un enfoque más pragmático para la consolidación democrática. El Pacto de Punto Fijo, firmado en 1958, estableció un consenso entre las élites de los principales partidos políticos (AD, COPEI y URD) para respetar las normas democráticas y compartir el poder.
La presidencia de Betancourt, de 1959 a 1964, sentó las bases del sistema democrático venezolano. Su administración superó con éxito numerosos desafíos, como una insurgencia apoyada por Cuba, conspiraciones militares e inestabilidad económica. Al completar su mandato y transferir el poder a un sucesor electo, Betancourt sentó el precedente de continuidad democrática que caracterizaría a Venezuela durante las siguientes cuatro décadas.
La hegemonia de AD y la epoca dorada
Bajo el liderazgo de AD, Venezuela desarrolló lo que se conocería como el modelo de desarrollo "petro-estatal". Este enfoque implicó utilizar los ingresos petroleros para financiar proyectos masivos de obras públicas, expandir la educación y la atención médica, y subsidiar el consumo de la clase media urbana. El lema del partido, "sembrar el petróleo", plasmaba la ambición de transformar la riqueza petrolera en desarrollo sostenible.
Durante las décadas de 1960 y 1970, este modelo tuvo un éxito notable. Venezuela alcanzó el ingreso per cápita más alto de América Latina, construyó una infraestructura impresionante y amplió el acceso a la educación y la atención médica. La clase media creció drásticamente y el nivel de vida urbano mejoró sustancialmente. Caracas se convirtió en una metrópolis moderna, simbolizando el surgimiento de Venezuela como potencia regional.
Las políticas sociales de AD transformaron radicalmente la sociedad venezolana. El partido amplió el acceso a la educación en todos los niveles, creando una generación de venezolanos educados que constituyeron la columna vertebral del Estado y la economía modernos. Los servicios de salud se extendieron a poblaciones anteriormente desatendidas, lo que contribuyó a mejoras drásticas en la esperanza de vida y las tasas de mortalidad infantil.
El partido también promovió la movilidad social mediante la expansión del sector público. El empleo público se convirtió en una vía de acceso a la clase media para millones de venezolanos, creando un amplio electorado dependiente de la generosidad estatal. Esta transformación social fue particularmente pronunciada en las zonas urbanas, donde AD tenía mayor fuerza organizativa.
El auge petrolero de la década de 1970, en particular tras las crisis de precios de 1973 y 1979, trajo consigo una riqueza sin precedentes a Venezuela. Bajo los gobiernos de AD, el país nacionalizó su industria petrolera en 1976, creando PDVSA y asumiendo el control total sobre sus recursos petroleros. Esta medida se consideró la culminación de la visión de soberanía económica de Betancourt.
Sin embargo, esta prosperidad enmascaró crecientes debilidades estructurales. La economía se volvió cada vez más dependiente de las exportaciones de petróleo, mientras que la manufactura nacional se estancó. La abundancia de petrodólares provocó una sobrevaluación de la moneda, abaratando las importaciones y restando competitividad a las exportaciones. Este efecto de la "enfermedad holandesa" socavó la diversificación económica y creó vulnerabilidades que posteriormente resultarían catastróficas.
Influencia politica y liderazgo regional
La influencia de Betancourt trascendió con creces las fronteras venezolanas gracias a su formulación de la "Doctrina Betancourt", que exigía el aislamiento diplomático de las dictaduras militares en América Latina. Esta política posicionó a Venezuela como un adalid de la democracia en la región y le otorgó una importante influencia de poder blando.
La doctrina era a la vez de principios y estratégica. Al promover la democracia, Betancourt buscaba crear un entorno regional más propicio para la consolidación democrática de Venezuela. La política también fortaleció la posición internacional de Venezuela y sentó las bases ideológicas de su activismo en política exterior.
En su esencia, esta doctrina establecía que Venezuela no mantendría relaciones diplomáticas con gobiernos que hubiesen llegado al poder por medios no democráticos, es decir, a través de golpes de estado o fraudes electorales. Esta postura, audaz para su época, buscaba promover y defender la democracia en una América Latina plagada de regímenes autoritarios.
La premisa fundamental de la Doctrina Betancourt era el no reconocimiento de gobiernos de facto. Betancourt, un ferviente demócrata estaba convencido de que la solidaridad entre las naciones democráticas era crucial para la supervivencia y el fortalecimiento de los sistemas republicanos en la región. La doctrina se basaba en el principio de que la legitimidad de un gobierno emana de la voluntad popular, expresada a través de elecciones libres y justas.
La Doctrina Betancourt no surgió en el vacío. Se enmarcó en un período de intensa polarización ideológica a nivel mundial, la Guerra Fría, cuyo eco resonaba con fuerza en América Latina. La Revolución Cubana de 1959, liderada por Fidel Castro, añadió un nuevo elemento de tensión, generando preocupación en Estados Unidos y en los sectores conservadores de la región ante la posible expansión del comunismo.
En este crispado ambiente, muchos países latinoamericanos estaban gobernados por dictaduras militares de derecha, a menudo con el respaldo tácito o explícito de Washington, que priorizaba la contención del comunismo por encima de la promoción de la democracia. En contraposición, surgían movimientos guerrilleros de izquierda inspirados en el modelo cubano. En medio de esta lucha de bloques, la Doctrina Betancourt representó una "tercera vía" para la política exterior, enfocada en los principios democráticos más que en la alineación ideológica.
Bajo el liderazgo de AD, Venezuela se convirtió en un referente en los esfuerzos de integración regional. El país fue clave en la creación del Pacto Andino (posteriormente la Comunidad Andina) y desempeñó un papel clave en diversas iniciativas de integración latinoamericana. La riqueza petrolera de Venezuela proporcionó los recursos para financiar proyectos de desarrollo regional y brindar asistencia financiera a los países vecinos.
Este liderazgo regional fue particularmente pronunciado durante las décadas de 1970 y 1980, cuando Venezuela actuó como mediadora en los conflictos centroamericanos y brindó apoyo financiero a los movimientos democráticos en toda la región. Las credenciales democráticas y los recursos económicos del país la convirtieron en un líder natural en los esfuerzos por promover la estabilidad y el desarrollo en América Latina.
El compromiso de AD con la democracia y la reforma social posicionó a Venezuela como un valioso aliado de Estados Unidos durante la Guerra Fría, mientras que su retórica izquierdista y su solidaridad con el Tercer Mundo conectaron con los países no alineados. Este enfoque equilibrado permitió a Venezuela mantener buenas relaciones con ambas superpotencias, a la vez que perseguía una política exterior independiente.
La postura anticomunista del partido, reforzada por su experiencia en la lucha contra los insurgentes respaldados por Cuba en la década de 1960, convirtió a Venezuela en un socio confiable en los esfuerzos estadounidenses por contener el comunismo en Latinoamérica. Sin embargo, el apoyo de AD a los movimientos de liberación en África y su defensa de las causas del Tercer Mundo demostraron su compromiso con un orden internacional más equitativo.
El declive de AD
El modelo de AD comenzó a desmoronarse en la década de 1980, cuando la caída de los precios del petróleo expuso las debilidades estructurales de la economía venezolana. La crisis de la deuda que siguió a la devaluación de 1983 destrozó la ilusión de prosperidad perpetua y reveló el grado de dependencia de la economía de los ingresos petroleros.
La respuesta del partido a esta crisis fue inadecuada y, a menudo, contraproducente. En lugar de implementar reformas estructurales, los gobiernos de AD recurrieron al aumento del endeudamiento y a la expansión monetaria, lo que exacerbó las presiones inflacionarias y la inestabilidad económica. Las prácticas clientelistas tradicionales del partido se volvieron cada vez más insostenibles a medida que escaseaban los recursos.
La crisis económica de los años 1980 y 1990 desencadenó un malestar social generalizado, más notablemente los disturbios del Caracazo de 1989. Estos acontecimientos revelaron la profundidad de la desilusión popular con el sistema político dominado por AD y expusieron la legitimidad decadente del partido entre sus partidarios tradicionales.
La incapacidad del partido para abordar la creciente desigualdad y exclusión social socavó su histórica reivindicación de representar los intereses del ciudadano venezolano. Los beneficios de la riqueza petrolera se habían concentrado cada vez más en la élite política y sus aliados, mientras que la mayoría de la población luchaba contra el deterioro del nivel de vida y la escasez de oportunidades.
La población percibía a los líderes de AD y COPEI como una élite corrupta y desconectada de la realidad del pueblo. Los escándalos de corrupción eran constantes y la gente sentía que los políticos gobernaban para ellos mismos y no para el país. Esto creo el escenario propicio para el resurgimiento de la izquierda.
Este declive total dejó un vacío de poder. Los partidos tradicionales ya no tenían credibilidad ni respuestas. La gente estaba desesperada por algo nuevo, por un líder que no fuera parte de esa "clase política". Ese vacío es el "espacio político" que Chávez supo identificar y ocupar.
El declive de AD creó el espacio político para el surgimiento de Hugo Chávez y su movimiento bolivariano.
La crítica de Chávez a la "Cuarta República" y su promesa de refundar la democracia venezolana resonaron entre los votantes desilusionados con la política tradicional. Su victoria en las elecciones presidenciales de 1998 marcó el fin del dominio de AD y el inicio de una nueva era en la política venezolana.
La victoria de Chávez en 1998 no fue una simple victoria electoral, fue un terremoto político. Ganó con un apoyo abrumador. Los candidatos de los partidos tradicionales (AD y COPEI) obtuvieron resultados catastróficos. Fue la muerte oficial del sistema bipartidista que había gobernado Venezuela durante 40 años.
La llegada de Chávez al poder marcó el comienzo de la "Revolución Bolivariana". Inmediatamente cumplió su promesa de convocar una Asamblea Constituyente, que en 1999 redactó una nueva Constitución, cambiando el nombre del país a "República Bolivariana de Venezuela" e iniciando la "Quinta República". Esto redefinió por completo las instituciones, la economía y la sociedad venezolana, dando inicio al período de polarización política que continúa hasta hoy.
Evaluacion historica y del legado Betancourt
A pesar de su declive definitivo, las contribuciones históricas de AD a Venezuela y Latinoamérica son innegables.
El partido democratizó Venezuela con éxito y mantuvo la estabilidad democrática durante cuatro décadas, un logro inigualable por la mayoría de los países latinoamericanos durante este período. AD también impulsó un crecimiento económico y un desarrollo social sin precedentes, transformando a Venezuela de una sociedad rural atrasada a una nación moderna y urbanizada.
La promoción de la educación, la salud y la movilidad social por parte del partido generó oportunidades para millones de venezolanos y sentó las bases de una sociedad más equitativa. El compromiso de AD con la democracia y los derechos humanos también fue un ejemplo positivo para otras naciones latinoamericanas que luchan contra el autoritarismo.
Sin embargo, el modelo de AD contenía contradicciones inherentes que finalmente resultaron insostenibles. La dependencia del partido de los ingresos petroleros creó una mentalidad rentista que desalentó la inversión productiva y la innovación. Las prácticas clientelistas que contribuyeron a mantener la estabilidad política también fomentaron la corrupción y la ineficiencia.
La incapacidad del partido para diversificar la economía y construir instituciones sostenibles independientes de la riqueza petrolera dejó a Venezuela vulnerable a las crisis externas y al deterioro interno. La concentración de poder en manos de las élites del partido y sus aliados socavó la participación democrática que AD supuestamente defendía.
Sin embargo, el modelo de AD contenía contradicciones inherentes que finalmente resultaron insostenibles. La dependencia del partido de los ingresos petroleros creó una mentalidad rentista que desalentó la inversión productiva y la innovación. Las prácticas clientelistas que contribuyeron a mantener la estabilidad política también fomentaron la corrupción y la ineficiencia.
La incapacidad del partido para diversificar la economía y construir instituciones sostenibles independientes de la riqueza petrolera dejó a Venezuela vulnerable a las crisis externas y al deterioro interno. La concentración de poder en manos de las élites del partido y sus aliados socavó la participación democrática que AD supuestamente defendía.
La experiencia de AD ofrece lecciones importantes para la política latinoamericana contemporánea. El éxito del partido en la democratización de Venezuela demuestra la importancia de construir coaliciones amplias y mantener el consenso de las élites en torno a las normas democráticas. Sin embargo, su eventual declive ilustra los peligros de la excesiva dependencia de la riqueza de los recursos naturales y la necesidad de un desarrollo económico sostenible.
La trayectoria del partido también pone de relieve la importancia de la fortaleza institucional y el Estado de derecho para mantener la estabilidad democrática. El estilo de liderazgo personalista de AD y sus prácticas clientelistas acabaron debilitando las instituciones democráticas que había contribuido a crear, contribuyendo al colapso final del sistema.
Rómulo Betancourt y Acción Democrática transformaron radicalmente Venezuela a mediados del siglo XX, creando la democracia más estable y la sociedad más próspera de Latinoamérica. Su logro al democratizar Venezuela y mantener la estabilidad democrática durante cuatro décadas representa uno de los ejemplos más exitosos de consolidación democrática en la historia latinoamericana.
Sin embargo, el fracaso definitivo del modelo AD demuestra las limitaciones de las estrategias de desarrollo basadas en la riqueza de los recursos naturales y la importancia de construir instituciones sostenibles. El legado del partido es, por lo tanto, complejo: si bien logró un éxito notable en la democratización y modernización de Venezuela, también creó las condiciones para el eventual declive del país.
Mientras Venezuela continúa lidiando con el legado de la era AD, las lecciones de este período siguen siendo relevantes no solo para los venezolanos, sino para todos los latinoamericanos que buscan construir sociedades prósperas y democráticas. Los logros y fracasos de Betancourt y su partido brindan valiosas perspectivas sobre las posibilidades y limitaciones de la gobernanza democrática en la región, ofreciendo orientación para futuros esfuerzos que promuevan el desarrollo sostenible y la consolidación democrática.